A Sarah Connor no le haría puñetera gracia el espectáculo. La industria de la IA lleva una temporada firmando la mejor campaña de marketing del fin del mundo que se recuerda: dimisiones con aviso de extinción, consejeros delegados pidiendo frenar y medio mundo hablando de cártel y oscuros intereses. Mientras discutimos si las máquinas nos van a matar, ya hay algo que nos está haciendo daño, y no es Skynet tomando conciencia de sí misma: es lo que le dejamos hacer a la IA sin control ni profesionalidad.
Hay una regla no escrita en comunicación: cuanto más peligroso presentas tu producto, más potente parece. Ni es nueva ni la ha inventado la IA. En los setenta, Wilson Bryan Key, profesor y escritor especializado en mensajes subliminales, hizo carrera sosteniendo que los anunciantes escondían calaveras aerografiadas en los hielos de los anuncios de whisky. Esa pulsión suicida, de atracción por la muerte, tiraba de los consumidores. Como casi toda buena historia, tenía más de mentira que de verdad, pero se ha explicado en todas las facultades de publicidad y comunicación durante décadas. Aunque la intuición de fondo no iba desencaminada: un experimento publicado en 2010 en el Journal of Experimental Social Psychology encontró que el aviso de «fumar mata» empujaba a fumar más a los fumadores cuya autoestima dependía de fumar. El aviso de muerte, convertido en reclamo para fumar más.
La industria de la inteligencia artificial está llevando esa regla hasta el final, y el debate de fondo nos incumbe a todos aunque poca cosa podamos hacer al respecto. Donde sí podemos actuar es en los pequeños apocalipsis de IA zombi que criamos dentro de las organizaciones. La muerte por IA empieza poco a poco. Y después, ya si eso, de golpe.
La granada de tontería artificial
Lanzarse marrones. Centrar sandías. Llámale X. Todos podemos imaginarnos a qué se refiere Tobias Lütke, consejero delegado de Shopify, cuando le puso nombre a lo que pasa en la letra pequeña de la revolución de la IA. «Las llamamos slop grenades, las que la gente se lanza entre sí», dijo, según recogió Fortune. «En realidad no lo lees, y ahora lo tienen que revisar tus compañeros. Simplemente estás dejando que la IA haga el trabajo por ti». El término slop, en este contexto, vendría a ser «porquería», «chapuzas roba-tiempo», vaya. Y lo dice alguien, Lütke, que impuso en Shopify que usar la IA era «una expectativa de base»: forzó la total adopción y ahora se come la factura de aquel empujón sin preparación. Granadas de marrones.
Una granada de porquería es dejar que la IA produzca el trabajo y tirarlo adelante sin añadirle nada, ni criterio, ni supervisión. A veces ni siquiera una triste lectura. Quien la lanza gana tiempo y parece productivo. El coste lo paga el siguiente, y al final todo el proceso se cae como un castillo de naipes. Y, con él, el prestigio de la organización.
¿Quiénes suelen preparar esos marrones de material de guerrilla empresarial? Los que antes daban por saco con mails infinitos, PowerPoints curradísimos y una sábana de Excel con catorce pestañas. Ahora han convertido trabajar con ellos en algo peor: más bonito, más interactivo, más mierdocrático.
Esta situación de apocalipsis IA en las organizaciones no sale gratis, claro. BetterUp Labs y el Stanford Social Media Lab encuestaron a 1.150 trabajadores de oficina estadounidenses y publicaron el resultado en Harvard Business Review: el 40% dice haber recibido en el último mes lo que llaman workslop, contenido que parece pulido pero está vacío. Cada pieza cuesta una hora y 56 minutos de media rehacer, unos 186 dólares al mes por empleado, según una estimación de los autores sobre datos autodeclarados. Hay un segundo hallazgo que importa más que el dinero: la mitad de quienes reciben una de esas piezas pasa a ver al remitente como menos creativo, menos capaz y menos fiable. La granada también cuesta reputación, y la paga quien la lanza sin saberlo. Burócratas perezosos descubriendo la IA: qué puede salir mal.
¿Cuánto tiempo y cuánto dinero se lleva el contenido generado con IA que se pasa adelante sin revisar, y hasta dónde ha entrado la herramienta en las empresas españolas? Una encuesta de BetterUp Labs y el Stanford Social Media Lab sobre 1.150 trabajadores de oficina en Estados Unidos, entre agosto y septiembre de 2025, y un estudio encargado por OpenAI sobre 1.000 directivos de pymes españolas, en septiembre de 2026, lo han intentado medir.
40%
de los trabajadores encuestados recibió en el último mes contenido generado con IA que parecía pulido y estaba vacío
BetterUp Labs y Stanford · 1.150 trabajadores, EE. UU.
1 h 56 min
es lo que cuesta de media rehacer cada una de esas piezas, tiempo que paga quien la recibe y no quien la envía
Harvard Business Review, 2025
186 $
es el coste invisible estimado por empleado y mes, calculado por los autores sobre el tiempo declarado y el salario medio
Harvard Business Review, 2025
97%
de las pymes españolas ya usa IA en su actividad habitual, según el estudio que encarga y publica quien vende la herramienta
OpenAI · 1.000 directivos de pymes
39%
la usa sin ninguna política formal sobre para qué sirve, quién responde y qué se revisa antes de que salga
OpenAI · 1.000 directivos de pymes
La herramienta ya está dentro de casi todas las organizaciones: lo que no ha entrado es la decisión de para qué sirve.
No mires arriba, el apocalipsis lo tienes en la bandeja de entrada
Y sí, el debate que explotó en septiembre de 2026 es importante y conviene tenerlo en cuenta. Resumido al máximo: un investigador dimitió acusando a OpenAI y a Anthropic de correr hacia la superinteligencia «apostando con nuestras vidas», sus consejeros delegados pidieron frenar la carrera y que el regulador les diera cobertura para coordinarse entre ellos, y en cuestión de días la palabra cártel estaba encima de la mesa.
Quién dice qué y por qué nos interesa, y mucho. Manel Pérez lo ordenó bien en La Vanguardia: las advertencias sobre el riesgo para la humanidad salen sobre todo de quienes concentran los modelos más avanzados y cerrados, y la regulación que proponen «podría cerrar las alas a quienes, estando rezagados, se acercan a gran velocidad».
A veces, piensa mal y acertarás. Nos hemos vuelto cínicos. A fuerza de palos y desengaños.
Andrew Sharp, que analiza el sector desde Sharp Text, en la red del analista Ben Thompson, va más lejos: «quienes impulsan el progreso de la IA son los mismos que auditan sus riesgos para la humanidad, y todos llegan a sus conclusiones hablando entre ellos». Y se pregunta qué daños concretos ha causado la IA hasta ahora para justificar que se regule de forma preventiva.
Buena pregunta. Todavía no se ha caído ningún avión ni ha habido un apagón en centrales nucleares por culpa de un enjambre de agentes IA sin control. Pero los problemas que está empezando a liar en muchas empresas sí que son dignos de que se regule su uso dentro de esas organizaciones.
El debate macro nos interpela a todos. Pero quizás no hay que mirar tanto arriba, como en la película del meteorito, y mirar más los marrones de IA burocrática y sin sentido que están minando tu vida laboral.
¡Madurad, malditos!
Una de las aportaciones más certeras al debate un poco histérico sobre el apocalipsis IA fue la de Steven Sinofsky. Dirigió Windows y Office cuando Microsoft paró el desarrollo para tapar los agujeros que hacían posibles los virus, y recordó cómo se hizo: «No acudimos al Congreso para que nos obligara a pausar, ni para que las otras empresas pausaran primero. Madurad. Añadid registro, comprobación y depuración a vuestros productos. Lo necesitan».
Cambia «productos» por «entregables» y sirve igual para una agencia o un equipo de contenidos: la versión doméstica del debate de la frontera no es si hay que frenar la IA, es si alguien está mirando lo que sale por el otro lado.
En España, glups, casi nadie. Un estudio encargado por OpenAI sobre 1.000 directivos de pymes sostiene que el 97% ya usa IA en su actividad habitual. La cifra la publica quien vende la herramienta, así que hay que leerla con esa etiqueta puesta, pero los dos datos que la acompañan son los que pueden quitar el sueño a un directivo: el 39% la usa sin ninguna política formal y el 70% tiene empleados usándola por su cuenta. La herramienta está dentro de casi todas las organizaciones y en cuatro de cada diez nadie ha decidido para qué sirve, quién responde y qué se revisa antes de que salga.
Eso tiene nombre propio en seguridad. Ralph Echemendia, el experto al que llaman «el hacker de Hollywood», lo llama shadow IT, como explicaba en esta entrevista: uso de herramientas externas, no aprobadas, cada una ampliando la superficie de ataque. Y explica el bucle que lo alimenta: «La mayoría de las cosas que hacemos para tener más seguridad nos hace más vulnerables», porque «el miedo es lo que usamos sobre todo cuando sucede un incidente». Se reacciona con más normas, las normas endurecen el trabajo, y la gente se busca la vida por su cuenta. El bucle del apocalipsis otra vez, en formato pequeño y en tu oficina.
Esa es la parte más interesante y de la que menos se habla. La IA no convierte a nadie en descuidado: amplifica lo que ya había. Quien tenía método ahora produce más y mejor. Quien nunca releyó lo que firmaba ahora no relee diez veces más rápido y cada pieza sale, ay, con el logotipo de su organización. El que ya era mal profesional ahora, además, se ha vuelto peligroso con la IA.
El que ya era mal profesional ahora, además, se ha vuelto peligroso con la IA.
El ruido se ha vuelto cacofonía con membrete, y encima parece trabajo. Eso no se combate prohibiendo la herramienta, sino con orden y concierto, con límites y con proceso, que suena a burocracia y es justo lo contrario: es lo único que la frena.
La prueba de salir a la pizarra
La mejor formulación de criterio sobre esto también es de un ingeniero, Mitchell Hashimoto. La llama «la defensa de la pizarra»: consiste en que cualquier organización debería poder apartarte en cualquier momento y pedirte que expliques cualquier cosa que hayas entregado a un cliente, y tú deberías poder defender las decisiones que tomaste. No se espera que recuerdes el detalle de implementación, sino que sepas por qué hiciste A en lugar de B. Lo que llega a un cliente no puede ser algo que no entiendes ni una decisión que no puedes argumentar ni defender.
Echemendia lo dice desde la perspectiva de la seguridad y sirve igual para cualquier proyecto empresarial: «No se puede confiar en todo lo que sale de un ordenador». Con IA cualquiera maneja herramientas que antes costaban años de entender, y lo hace «sin entender nada de nada». La capacidad llega antes que el criterio, siempre.
Y criterio sigue siendo lo que ofrecen los profesionales.
Puede que la IA acabe con la civilización tal y como la conocemos ahora. O nos vaya dando sustos hasta el espanto final. También puede ser que encontremos la cura para el cáncer y soluciones a enfermedades hasta ahora incurables, que nos ayude en la lucha contra el cambio climático y que traiga prosperidad y conocimiento universal. O que disminuya nuestra capacidad cognitiva al mínimo y nos convirtamos en una sociedad como la que ya presentaba la profética película Idiocracy. Ya veremos.
Pero lo que sí está haciendo la IA es que en muchas organizaciones se ha delegado el pensamiento racional y se ha optado por el uso acrítico de la IA, con el consiguiente resultado de pérdida de horas, credibilidad y clientes por algo totalmente prosaico: tirar adelante como bueno un trabajo que nadie ha pensado, ha razonado, ha desarrollado ni ha repasado.
Coño, que a veces ni se ha leído.
El apocalipsis ha empezado en la oficina y las granadas marrones ya están volando hacia tu mesa.
¿Te vas a quedar mirando hacia arriba, al debate sobre regulación, Terminators o la Fuerza IA de Trump, o bajarás la vista y te pondrás manos a la obra para evitar el apocalipsis en tu negociado?
Haz que Sarah Connor se sienta orgullosa.
Fuentes
- Wilson Bryan Key, Subliminal Seduction (1974) y Media Sexploitation (1976), donde sostenía que los anunciantes escondían imágenes retocadas, entre ellas calaveras, en los hielos de los anuncios de bebidas. Sus tesis están desacreditadas: Timothy E. Moore y Anthony Pratkanis las rebatieron en Skeptical Inquirer (1992). Réplica popular más citada, la de Cecil Adams en The Straight Dope. En el texto se usa como lo que es, una leyenda.
- Jochim Hansen, Susanne Winzeler y Sascha Topolinski, «When the death makes you smoke», Journal of Experimental Social Psychology, 2010. Muestra pequeña: 39 estudiantes fumadores. Los avisos de mortalidad produjeron actitudes más favorables al tabaco en quienes basaban su autoestima en fumar. Resumen divulgativo en la British Psychological Society. Se cita como indicio, no como prueba.
- Fortune, «Shopify CEO says employees’ ‘slop grenades’ are making more work for everyone else», 17 de septiembre de 2026. Citas de Tobias Lütke en el podcast The Knowledge Project, y contexto de su directiva interna de 2025 sobre el uso de IA en Shopify. Traducción propia.
- Kate Niederhoffer, Gabriella Rosen Kellerman, Angela Lee, Alex Liebscher, Kristina Rapuano y Jeffrey T. Hancock, «AI-Generated “Workslop” Is Destroying Productivity», Harvard Business Review, 22 de septiembre de 2025. Investigación de BetterUp Labs y el Stanford Social Media Lab. Muestra: 1.150 trabajadores de oficina a jornada completa en Estados Unidos, agosto y septiembre de 2025, autodeclarada. Cifras recogidas también por Axios. Los 186 dólares por empleado y mes son una estimación de los autores a partir del tiempo declarado y del salario medio.
- Estudio sobre uso de IA en pymes españolas encargado por OpenAI, presentado el 17 de septiembre de 2026 en el acto Digitaliza Madrid con la Comunidad de Madrid. Muestra: 1.000 directivos de pymes. Datos recogidos por Infobae/EFE y Revista Byte. Lo encarga y publica el proveedor de la herramienta cuyo uso mide.
- Manel Pérez, «¿Quién dice qué y por qué en la pugna sobre la IA?», La ventana indiscreta, La Vanguardia, Economía, 20 de septiembre de 2026. Mapa de posiciones entre modelos cerrados y abiertos y la frase sobre cerrar las alas a los rezagados. Es una columna de análisis firmada: aporta criterio ordenado, no datos nuevos. Es también la fuente del resumen del episodio de septiembre que abre la sección.
- Andrew Sharp, «Some of All Fears», Sharp Text, 18 de septiembre de 2026. Sharp analiza tecnología y medios desde Sharp Text, de la red Stratechery de Ben Thompson, y coconduce con él el podcast Sharp Tech. Columna de opinión declarada, sin datos propios, en el extremo más escéptico del debate. Se cita por la idea y por la pregunta, no como evidencia. Traducción propia.
- Francesc Peirón, «Cualquiera puede ser un hacker con la inteligencia artificial», entrevista a Ralph Echemendia, La Vanguardia, sección Vida, 19 de septiembre de 2026. Citas sobre shadow IT, la paradoja de la seguridad, el miedo como reacción tras un incidente y la desconfianza en lo que sale de un ordenador. Echemendia es consultor de ciberseguridad y conferenciante, no investigador: aporta criterio profesional, no un estudio.
- Donald Trump, publicación en Truth Social del 19 de septiembre de 2026 anunciando la «AI Force» y un futuro «zar» de la IA, recogida por Fox News y NBC News. Ambos medios subrayan que no dio detalles sobre la estructura, la autoridad ni los miembros. Se cita como hecho, no como valoración política.
- Steven Sinofsky, publicación en X, 17 de septiembre de 2026. Traducción propia.
- Mitchell Hashimoto, publicación en X, 16 de septiembre de 2026, sobre «the whiteboard defense». Traducción propia.
